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"Si alguien afirma: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto."

1 Juan 4:20

Apertura Espiritual y Emocional


Nuestra proximidad a Dios nuestro Padre está en el rostro de cada hermano que cruzamos a diario en el transcurso de nuestra vida. En su mirada, en su sonrisa o en sus lágrimas, en su abundancia o en su necesidad, encontramos a Dios que nos sonríe y nos dice “Aquí estoy para ti.”

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Es en nuestro prójimo que nos reconocemos como familia y es en el amor al Padre que nos unimos. Amar a nuestro prójimo es amar a Dios, y viceversa, amar a Dios necesariamente implica amar a nuestro prójimo.


Sobre todo a aquellos que son diferentes a nosotros, a aquellos que por una u otra razón nos causan cierto rechazo. Las personas que son diferentes a nosotros nos conmueven, nos preocupan y a veces hacen que dudemos de nuestras elecciones en la vida. Pero en realidad, aquellos que nos diferencia es lo que nos hace más especiales, más humanos y más hermanos.


Y es especialmente en el rostro de los más desprotegidos en donde hallaremos a Dios nuestro Padre, esperando ver como reaccionamos ante ese desconocido que nos necesita, que nos convoca. Toda respuesta de amor nos engrandece y engrandece la obra de Dios.