“Si los fundamentos son destruidos; ¿qué puede hacer el justo?.”

Salmos 11:3

Promesas incumplidas


A veces nos entregamos a una promesa y la misma no resulta. Quizás colocamos en el prójimo el peso de guardar un secreto o de cumplir con un deber mayor. Colocamos expectativas en lo esperado, en aquello que quizás creemos pueda cambiarnos la vida. En ocasiones debemos ajustar aquello que deseamos que suceda o que otro nos promete, ya que el resultado puede ser muy diferente al que en el fondo nosotros mismos queremos. Por ejemplo, es difícil mantener la fe en la transformación cuando el cambio ha sido hecho y no fue de la forma en que lo imaginamos, ese choque con la realidad puede resultar devastador.

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Nuestras ilusiones, nuestros anhelos muchas veces se encuentran supeditados a la entrega del otro, y éste puede malinterpretar lo que debía ofrecer o puede simplemente no poder satisfacernos por completo. Cuando ese hermano falle, de alguna manera estaremos confundidos y nos preguntaremos también si hemos hecho algo mal para que el otro no cumpla con lo asumido. La glorificación sólo estará en su forma más absoluta en manos de Cristo Nuestro Señor. En Él encontraremos todas las respuestas y nuestros anhelos serán reconocidos en forma completa, porque Dios Padre es el salvador y nos librará de toda pena.