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“Alégrate, joven, en tu juventud; deja que tu corazón disfrute de la adolescencia. Sigue los impulsos de tu corazón y responde al estímulo de tus ojos, pero toma en cuenta que Dios te juzgará por todo esto.”

Eclesiastés 11:9

El descaro de la juventud


Cuando somos jóvenes podemos pasar por diferentes etapas, pero la de rebeldía es la más insurgente. Contestamos de forma inadecuada a nuestros hermanos, cometemos travesuras y desafiamos permanentemente todo lo que creemos impuesto. Somos temerarios y nada ni nadie nos intimida. Nos pensamos imbatibles e inmortales y sin dudar ponemos a prueba la tolerancia de los otros, porque asumimos que todo nos será perdonado. Cuando adolecemos podemos incurrir en muchos errores, pero se trata de un crecimiento que debemos afrontar por nuestra cuenta. Uno de esas equivocaciones muchas veces se relaciona con el alejamiento de la fe.

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Tuve que acercarme a Dios Padre en un acto desesperado. Mi padre había muerto días atrás repentinamente. Un accidente se lo llevó en forma inesperada y yo solo me quedé con rabia. Rabia por no haberme comunicado con él de otra manera, rabia por no haber podido compartir sus anhelos y los míos, por el sentimiento inevitable de que ya no me vería crecer. Sentía un enojo tan severo que nadie podía sacarme de mi habitación, pasaba días enteros en un remordimiento atroz. Hasta que comencé poco a poco a orar y a disponer mis plegarias a Dios, porque sabía en mi corazón que sólo Él podría calmarme. En Dios encontraría la paz y el amor necesario para sanar.