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“Señor, muéstrame tus caminos, y enséñame tus sendas. Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti espero todo el día.”

Salmos 25:4-5

Las decisiones certeras


Cuando nos ponemos dubitativos sobre las decisiones que tenemos que tomar podemos encontrarnos con la severidad. Ser severos implica que pensemos en lograr algo que consideramos como perfecto, cuando no existe tal cosa. La confianza en que si elegimos algo desde nuestro corazón y acompañados de Dios Padre debe bastar para darnos tranquilidad.

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Aprendiendo de nuestros errores y volviéndolo a intentar tantas veces sea necesario, seguramente de esa forma tomemos las decisiones certeras.


Debemos ser amables con nosotros mismos para poder avanzar, de nada sirve castigarnos permanentemente por no lograr alcanzar eso que pensamos como “lo mejor”. En cambio, resulta bueno trabajar sobre la mejor versión de nuestro ser como cristianos. Cada día, acercándonos a nuestro prójimo e intentando también colaborar con su camino. Aún tendremos mucho que aprender pero entregándonos al Señor será mucho más sencillo. Él hará la carga más liviana, y nos sostendrá cuando queramos abandonar nuestras causas. Descansando en Nuestro Padre cuando nos abrume el cambio y nos invada la incertidumbre de aquello que podrá venir luego. Como hijos fieles, tendremos que esperar para poder observar esos planes que Dios tiene reservados para nosotros y disponernos a transitarlos con fe y esperanza en su palabra.