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La Independencia de tu Ser

Tú eres la persona indicada. Tienes las herramientas en tu poder. No hay recetas mágicas, simplemente confiar y seguir el camino.

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"Oh Dios, ¡pon en mí un corazón limpio!, ¡dame un espíritu nuevo y fiel!" Salmos 51:10

La sociedad moderna nos obliga, cada vez con más intensidad, a vivir en un ritmo desmesurado de obligaciones y conflictos.

Damos vuelta las hojas de la vida con una rapidez tal que podemos llegar a perder noción de las maravillosas Bendiciones que El Señor guarda para nosotros.

Son tantos los flancos que debemos cubrir y tantas las acciones resolutivas que debemos emprender que, por momentos, podemos llegar a obviar esta gran verdad: Nos ocupamos de muchísimas cosas a la vez y nos cargamos con un sinfín de obligaciones que hacen que nuestra mente solo pueda enfocarse en los problemas cotidianos. Cuando no podemos ver más allá de nuestras circunstancias y pensamos que enfrentamos en soledad todas las cargas podemos caer en la visión errónea de que podemos resolver nuestros contratiempos sin la ayuda del Señor.

Tengamos presente que Dios está en cada uno de nuestros actos y que todo aquello que acometemos lo hacemos bajo Su Guía y Misericordia.

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 “No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios”. 2 Corintios 3:5

Cuando estamos con la capacidad y fuerzas suficientes como para afrontar y superar las variadas pruebas que nos presenta la vida, nos sentimos satisfechos, orgullosos de nuestros logros, tranquilos por haber resuelto lo que parecía, a primera vista, complicado.

Estas metas, grandes o pequeñas, se pueden dar en diversos contextos: un logro laboral que produce el reconocimiento de nuestros superiores y compañeros, haber completado nuestras tareas domesticas con éxito, aprobar un examen universitario, destacarnos en actividades artísticas o deportivas.

No hay nada malo en sentirnos dichosos por alcanzar nuestros objetivos; pero no podemos obviar esta gran verdad: Quien más se regocija con nuestras victorias es El Señor.

De Él adquirimos ese ímpetu, esa fuerza que nos permite superarnos en Su Gloria y cumplir Su propósito cada día.

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 “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos: el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer”. Juan 15:5

Es precisamente en este tipo de circunstancias que corremos el riesgo de creer que todo lo bueno que hemos logrado ha sido solamente gracias a nuestros esfuerzos, adjudicándonos todos los meritos en los objetivos alcanzados.

Podemos cometer el grave error de sentirnos autosuficientes, no reconociendo la contención de nuestros familiares en el camino recorrido, ni el incentivo y aliento de nuestras amistades.

Lo más preocupante que genera esta situación es que, a medida que crece en nuestro interior, comenzamos a desestimar la presencia de Dios en cada suceso de nuestras vidas.

Esta negación nos aleja del sendero que nuestro Padre Celestial a trazado para nuestra Salvación.

“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”. 2 Corintios 12:9 

Inclusive desde distintos medios de comunicación, existe una suerte de aprobación a las actitudes autosuficientes.

Se replican historias y contenidos de personas que han salido adelante “por si mismos”.

Cuando alguien pierde el Don de Humildad y la capacidad de agradecer de corazón, probablemente también pierda la capacidad de reconocer la necesidad que tiene de la ayuda del Señor o de otras personas.

La Autosuficiencia puede llevarnos a creernos superiores a los demás, transformarnos en seres egocéntricos, menospreciar el aporte de los que nos rodean.

“He aquí, Dios es el que me ayuda; el Señor es el que sostiene mi alma”. Salmos 54:4

Recordemos siempre que la autosuficiencia no es un trofeo. Es una trampa.

Tengamos presente que todos nuestros logros son producto de la Fortaleza de nuestra Fe en Cristo y nuestro Compromiso con El Señor.

Si hemos llegado es porque Dios pretende que estemos allí para cumplir Sus propósitos. Si hemos llegado es porque hubo familiares y amistades obrando a través del Altísimo para impulsarnos al futuro.

Pidamos a nuestro Padre Celestial que nos libere de toda soberbia y altivez, que mantenga nuestra humildad y Don de agradecimiento y que nos Guie por el camino del Bien.




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