¿Cómo superamos los desencuentros familiares? Pautas para relacionarnos mejor con nuestros seres queridos

A lo largo de nuestras existencias nos vamos dando cuenta que no estamos exentos de tener roces y conflictos con algunas personas. Estas problemáticas generan diversos sentimientos negativos que debemos erradicar apenas los detectemos, pues son desacuerdos que, con el tiempo se profundizan, haciendo más complicada la tarea de restauración. Por eso es muy importante sustentarnos en nuestra Fe y congregarnos en el Poder de la Oración para pedirle al Señor que nos guié por el camino de la reconciliación con nuestros afectos.

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“Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor”. Efesios 4:2

El ámbito laboral, el vecindario, un grupo de pertenencia; en algún momento debemos afrontar algún tipo de conflicto que, con buena predisposición y Espíritu conciliador podremos sortear con mayor o menor suerte. Pero las cosas son muy distintas cuando estos desencuentros se dan en el contexto familiar. No importa si convivimos o si el familiar en cuestión vive a kilómetros de distancia, esta clase de problemas traen tristeza y angustia.

Por otro lado, generan en nuestro interior un sentimiento extremadamente nocivo: el orgullo. En este tipo de instancias se da la situación de que ninguna de las dos partes enfrentadas quiere dar el brazo a torcer y de esta manera el resentimiento se agranda, se corta el dialogo y es muy difícil recomponer la relación. Debemos comenzar por comprender que todas las familias tienen sus altibajos y que es necesario enfrentar los dilemas de manera rápida y positiva. 

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“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:29

Cuando nos enfrentamos a situaciones de confrontación, es indispensable tomarnos un momento para buscar equilibrio y humildad. Esto no significa ceder en nuestras opiniones, pero si es una forma de acercarse al otro desde el Amor de las enseñanzas de Cristo.

Dos posiciones enfrentadas encontraran un lugar de convergencia armónica desde la Paz y la Fe en El Señor. Tengamos presente que la persona con la cual tenemos diferencias es alguien que amamos profundamente. No es una batalla que se deba ganar, es una situación que podemos resolver. Puede suceder que, producto del orgullo, ninguna de las dos partes quiera dar el primer paso para acercarse al otro. En ese caso deberemos revisar seriamente nuestra conducta ante los ojos de Dios. Aprendamos de Él que es “manso y humilde de corazón”

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“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”. Gálatas 5:22-23

Mantener la tranquilidad también es primordial. Las personas, cuando no son inquietas, explotan ante la primer provocación. En cambio, las personas pacientes, mantienen la serenidad de Espíritu, tienen la capacidad de poder escuchar al otro, tienen dominio sobre sus emociones. La paciencia es necesaria cuando hablamos con Dios o cuando leemos las Santas Escrituras. Hablar de paciencia es hablar de Amor y comprensión, es todo lo contrario a la ira y el rencor.


“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”. 1 Corintios 1:10

En este versículo, Pablo, utiliza una maravillosa metáfora que hace hincapié en la reparación de las relaciones humanas. En ningún momento pide que nos conformemos, lo que si pide es un criterio, una visión en común, un punto equilibrado de encuentro y un sentido de propósito. Los conflictos y desacuerdos continuos llevan, irremediablemente, al fracaso. Como miembros del Pueblo de Dios somos llamados a ser tolerantes y comprensivos. Lograr acuerdos desde el Amor y el Respeto, nos da el regocijo de saber que caminamos junto Al Señor, honrando Su Gracia y Su Gloria.