El aprendiz eterno

Años atrás, creía disfrutar de una vida repleta de logros. Poseía una casa propia. Con mi familia podíamos salir de viaje al lugar que deseáramos. Luego de haber podido finalizar mis estudios universitarios con mucho sacrificio, lograba afianzarme en un trabajo estable. Objetivos de vida que me había autoimpuesto de joven adolescente. Triunfar profesionalmente, asentarme con una familia y acceder a los bienes materiales con los que anhela cualquier persona del mundo entero.

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¿Qué mundo sería ese si entendemos que en realidad sólo el 2% de la población mundial puede acceder a estudios universitarios? ¿Sólo un 12% de los jóvenes tienen un trabajo estable a lo largo del globo? Es en ese preciso momento en que nos percatamos que nuestros anhelos giran en torno a un universo despojado de la Fe, en el que nosotros mismos somos el epicentro de la codicia y dejamos de ver a nuestro Creador como la única guía para poder sentirnos realmente plenos, debemos detenernos inmediatamente a repensar:.

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¿Podemos percibir que en nuestro entorno pueden estar sucediendo otras realidades? ¿Que las vivencias internas de cada persona son únicas e irrepetibles? ¿Que la sensación de sentirnos consumados nunca va ser completa si no contemplamos a los otros en un todo inclusivo?

Ante todo, debemos realizar autocrítica y evaluar nuestra condición como personas. De qué sirve fomentar este tipo de valores superficiales, terrenales, si no tenemos arraigado un sentimiento de Fe en la vida.

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Para qué seguir día a día alimentando esa sensación  de bienestar frívolo, sin observar ni percibir las necesidades reales que se hayan en nuestros corazones. Las mismas que se encuentran sin ser escuchadas ni compartidos con nuestros hermanos y hermanas de Fe. “¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que tienes en el tuyo?”. Lucas 6:41

Además de ser ciegos y tener los ojos vendados por nuestra avaricia, no escuchamos al otro cuando hablamos, discutimos o exponemos una idea. No podemos ver nuestras propias necesidades ni las de los otros. Siempre queremos ser los interlocutores que tienen la razón y jactarnos de que nuestro conocimiento supera el conocimiento de los otros.

Construir puentes que nos lleven de un espacio individual de Paz y Amor, hacia un lugar inmenso, sin fronteras, donde la el lenguaje común es la solidaridad. El respetarse y desear el bienestar para otro. De eso se trata comulgar de la mano de Jesús. De poder darnos oportunidades, perdonar y ayudarnos. “Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse” Santiago 1:19

Nuevamente debemos levantar nuestra cabeza pensar y preguntarnos en soledad: ¿Qué es lo que nos  hace sentir feliz?

¿Qué es lo que realmente deseamos y anhelamos para nuestras vidas? ¿Acumular bienes? ¿Ser mejor que otras personas? ¿Tener a disposición recursos materiales? “Me fijé que en esta vida la carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes; que tampoco los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes abundan en dinero, ni los instruidos gozan de simpatía, sino que a todos les llegan buenos y malos tiempos”. Eclesiastés 9:11