Reconocer el momento para solicitar ayuda

Muchas veces no queremos molestar a otras personas y no requerimos de su ayuda. Debemos aprender a confiar y apoyarnos en nuestros seres queridos.

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“Así dice el Señor: No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra, porque en estas cosas me complazco, declara el Señor.” Jeremías 9:23-24

El mérito que obtenemos como personas al conquistar un objetivo, al superar una prueba, es altamente gratificante, añadiéndole un extra si la tarea la realizamos por nuestros propios medios, sin ninguna ayuda. Claro que esto es algo muy bueno, pero al mismo tiempo es algo ante lo que se tiene que tener bastante cuidado, porque la línea que separa la autosuficiencia del orgullo es muy delgada. 

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“Escuchad y prestad atención, no seáis altaneros, porque el Señor ha hablado. Dad gloria al Señor vuestro Dios antes que haga venir las tinieblas y antes que vuestros pies tropiecen sobre los montes oscuros, y estéis esperando la luz, y Él la transforme en profundas tinieblas, la torne en lobreguez. Pero si no escucháis esto, mi alma sollozará en secreto por tal orgullo; mis ojos llorarán amargamente y se anegarán en lágrimas, porque ha sido hecho cautivo el rebaño del Señor.” Jeremías 13:15-17

Recordemos, primeramente, que nadie nace sabiendo, sino que nos hacemos aprendiendo; aprendemos fallando y volviéndolo a intentar, y durante ese aprendizaje habrán momentos donde vamos a necesitar de la ayuda de los demás. Es muy importante tener esto en claro y saber reconocer cuándo necesitamos ayuda.

No olvidemos que se necesita mucho valor y humildad a la hora de pedir ayuda, ya que esto nos dice mucho acerca de cómo somos, acerca de cómo nuestra personalidad se forma y acerca de cómo vemos a nuestros hermanos y hermanas.

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“Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y fuiste hecho participante con ellas de la rica savia de la raíz del olivo, no seas arrogante para con las ramas; pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti. Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme.” Romanos 11:17-20

Al entregarnos al Señor, conocemos su poder, que es en cada sentido, inmensamente superior y que se encuentra encima de  nosotros. Al convertirnos en individuos orgullosos que sólo miran hacia abajo tanto a las situaciones como a las personas que los rodean, no podemos alzar nuestra mirada para contemplar lo que sobre nosotros se encuentra: la presencia gloriosa de Dios.




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