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La Identidad que Cambia y Se Afirma en la Luz

Poder recibir las bendiciones y conectarlas con nuestras emociones resulta clave para sanar tu ser interior. Conéctate con los siguientes versículos y explora el modo de sentirte en plenitud.

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“Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” Mateo 28:19

La esencia divina de Dios trasciende toda lógica humana. Su grandeza y amor infinito se despliegan en cada rincón del universo. Es una fuente inagotable de compasión, sabiduría y gracia. Al examinar la naturaleza de Dios, nos encontramos ante un ser de pureza inmaculada, que trasciende el tiempo y el espacio, y cuya esencia es la base de toda la creación.

Dios no solo es el Creador supremo, sino también el guía compasivo que se preocupa por cada uno de sus hijos. En Su infinita bondad, nos regala la oportunidad de formar una relación cercana y personal con Él, una conexión espiritual que trasciende lo terrenal. Su amor eterno nos envuelve y nos impulsa a crecer y evolucionar espiritualmente.

El Espíritu Santo, una manifestación divina de Dios en la Tierra, es la esencia misma de Su poder y presencia. Este maravilloso consolador y guía nos ilumina, nos llena de discernimiento y nos conduce por el camino de la verdad y la sabiduría. Es la fuerza divina que nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y a profundizar en nuestra fe.

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“Estén en alerta y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil” Mateo 26:41

La formación espiritual es un viaje de crecimiento interior, guiado por el Espíritu Santo. Es un proceso continuo en el que permitimos que Dios moldee nuestros corazones y mentes. A través de la oración, la meditación en la Palabra de Dios y una vida en comunión con Él, nos sumergimos en un proceso transformador. La formación espiritual nos lleva a un entendimiento más profundo de nosotros mismos y del propósito divino para nuestras vidas.

El Espíritu Santo nos acompaña en este viaje, infundiendo en nosotros dones y frutos espirituales que nos ayudan a crecer. Nos brinda sabiduría, entendimiento, consejo y fortaleza para enfrentar los desafíos de la vida. Su presencia nos llena de paz y nos guía hacia una relación más íntima con Dios.

Cada experiencia, cada obstáculo y cada alegría en la vida son oportunidades para aprender y crecer espiritualmente. El Espíritu Santo es nuestro aliado en este proceso, guiándonos hacia una comprensión más profunda de la voluntad de Dios y empoderándonos para vivir de acuerdo con sus enseñanzas.

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“Sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio, así hablamos, no como agradando a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones.” 1 Tesalonicenses 2:4

La formación espiritual es un viaje único y personal, en el que cada paso nos acerca más a la imagen que Dios tiene de nosotros. Nos invita a abrir nuestros corazones y mentes para recibir la gracia divina, permitiendo que el Espíritu Santo nos moldee y nos transforme en seres más compasivos, amorosos y llenos de luz.

Con Dios, no hay necesidad de fingir ser alguien distinto. Él valora el quebrantamiento genuino mucho más que una fachada espiritual. Para crecer, para evolucionar hacia la persona que debemos ser, debemos comenzar siendo sinceros con nosotros mismos acerca de quiénes somos realmente.

Imagina el caso de una madre con tres niños pequeños. Ella escucha y lee acerca de la importancia de pasar una hora en oración y lectura de la Palabra cada mañana. Sin embargo, las responsabilidades con sus hijos se lo impiden. Se siente culpable por no poder realizar esa práctica espiritual y se compara con otros que sí lo hacen, sin darse cuenta de que el amor y el servicio a sus hijos también tienen un gran valor espiritual.


“Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios!” 2 Corintios 5:20

Cada uno de nosotros y nosotras tiene una imagen idealizada de quién deberíamos ser, lo cual a menudo contrasta con nuestra verdadera esencia. En ocasiones, dejar ir esa imagen idealizada puede ser un alivio, pero otras veces se siente como un proceso doloroso, similar a una muerte.

Más allá de esta muerte simbólica se encuentra la libertad. Nadie es más libre que alguien que ha dejado atrás esa imagen ficticia y ahora vive en autenticidad. Jesús habló sobre morir al propio yo para convertirnos en la persona que Dios quiere que seamos. Es una muerte simbólica, dejar atrás esa fachada para que emerja una persona más genuina y noble.

La formación espiritual por parte de Dios es un proceso donde nuestro ser interno se moldea. Es un cambio duradero, no meramente un esfuerzo humano. Es una obra divina a la que podemos sumarnos mediante la oración, la sabiduría al organizar nuestras vidas y el reconocimiento de los dones que Dios nos ha dado. Nuestro espíritu florece cuando está arraigado en el Espíritu de Dios y moldeado por Él, de manera única y específica para cada uno de nosotros, sus hijos e hijas.




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