La máquina del tiempo

En reiterados momentos caemos en el impulso de imaginarnos potenciales escenarios futuros. Contextos que anhelamos más que cualquier cosa en nuestra vida. “Quiero viajar por el mundo. Muero por conocer París, la Torre Eiffel, Egipto y sus pirámides”. En otras ocasiones lo que oímos resulta algo así como “me encantaría tener una mansión para poder vivir tranquilamente”. Virtuales y maravillosos parajes en los que disfrutaríamos de una nueva vida. Distinta a la que llevamos hoy.


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¿Qué nos motiva a tener que anclar nuestro anhelo en un futuro incierto? ¿Qué sensación debemos sanar hoy, en este presente, que no logramos contentar? Tu futuro debería encontrarse en un segundo plano. Ya que resulta ser el resultado de un cúmulo de decisiones, que te afectan directamente a ti y a tu entorno. En consecuencia, tu realización y el desarrollo de tu ser, confluyen en el plan de Dios. “En Cristo Jesús Dios es todo generosidad para con nosotros, por lo que quiere manifestar en los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia” Efesios 2,7

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Sea cual fuere el motivo, muchas veces nos topamos con una profunda perplejidad ante los hechos de nuestro pasado. En algún tiempo de nuestro crecimiento como seres del Señor, tomamos decisiones de las cuales hoy nos arrepentimos. Pecamos y contradecimos la palabra de Jesucristo. Consternados, podemos darnos excusas y validar explicaciones de nuestros actos, mediante mecanismos pecaminosos que estropean nuestro sentido de la verdad.


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Que sencillo resulta caer en la tentación de tomar a la ligera dichas medidas. Ansiando comprender lo acontecido, nos empecinamos en encontrar atajos para poder avanzar. Soluciones vacías que nos permitieron continuar sin dudarlo. “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol” Eclesiastés 1:9


Logramos ir avanzando desde aquel final curioso. Ese mismo que nos dejó bien parados, pero que nunca abrió su mirada a otro. Que jamás contempló a nuestro prójimo. Luego maldeciremos todos los momentos que vivimos, sin poder soportar la realidad que nos entregará el haber faltado a la sinceridad. El no haber escuchado lo que dictaba nuestro corazón. “En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti”. Salmos 119:11


Nadie te juzgará por tu pasado. En este presente, nos tildarán de inocentes soñadores. Nosotros, los hijos de Dios, sólo nos guiamos gracias al Espíritu Santo. Creemos que la única realidad posible es la que permite sofocar nuestra angustia. Apartándola de aquel horizonte de tentación.

“Por esta razón están ustedes llenos de alegría, aun cuando sea necesario que durante un poco de tiempo pasen por muchas pruebas. Porque la fe de ustedes es como el oro: su calidad debe ser probada por medio del fuego. La fe que resiste la prueba vale mucho más que el oro, el cual se puede destruir. De manera que la fe de ustedes, al ser así probada, merecerá aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo aparezca.” 1a Pedro1:6-7