Lo que se esconde detrás de las tentaciones: 4 puntos clave.

¿Por qué las tentaciones nos acechan en todo momento? ¿Será que aguardan el momento en el cual estamos más vulnerables? Descubre cuándo y cómo afrontar esta situación que muchas veces nos aleja del Salvador.

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“Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman.” Santiago 1:12

Ensimismamiento. Es la primer evidencia de una persona a la que le resulta difícil abrirse al prójimo y contar su verdad o su problema, o aquello que lo aqueja y no le permite disfrutar de la vida en ese momento. Es allí donde debemos estar atentos a nuestras amistades y ofrecer compañía y una palabra de aliento: hacerles saber que no están solos.

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“Que nadie, al ser tentado, diga: Es Dios quien me tienta. Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta Él a nadie.” Santiago 1:13

Debilidad de espíritu. Aquel ensimismamiento deviene en una debilidad de espíritu, ya que es parte del resultado de mantenerse inapetente de la Palabra de Dios, de haberse alejado del camino del Señor. La debilidad de espíritu rápidamente puede convertirse en falta de Fe, y la Fe es un don que se cultiva continuamente.

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“Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado.” Gálatas 6:1

Falta de autoconfianza. Esta particular afección encuentra su raíz en la pérdida de Fe, en creer en el hecho de que no podremos hacerle frente a la tentación; en dudar de nuestra propia capacidad aún contando con el apoyo de Cristo. Lamentablemente en esa instancia podemos llegar a pensar que ni siquiera Dios, mediando a través nuestro, podrá salir victorioso a la hora de enfrentar una simple tentación.


“Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado.” Hebreos 4:15

Pérdida de la objetividad. Todo este cúmulo de cuestiones nos lleva a la pérdida de la objetividad: de quiénes somos y qué es lo que podemos lograr. Claro está que a estas alturas tampoco contamos con la confianza en Dios, lo que devendrá en que caigamos en la trampa de las tentaciones, terminando aquel recorrido en la parada final, el pecado.