Los beneficios de la duda

La definición académica de la palabra sacrificio, se establece como un esfuerzo, pena, acción o trabajo que una persona se impone a sí misma por conseguir o merecer algo o para beneficiar a alguien. Si por un momento reconsideramos dicha definición y nos detenemos a generar nuestra propia definición de la misma palabra desde una visión más Cristiana, ¿qué resultado obtendríamos?  


Como hermanos y hermanas en el camino de la Fe, debemos incorporar al término sacrificio la devoción. Devoción a la Fe, al Espíritu Santo. Sacrificio fue el que Jesús hizo en la cruz  por todos nosotros. Sin dudarlo, él miró con amor a su alrededor y abrió su corazón a todos nosotros. Sin esfuerzo y sin sacrificio, las historias que relatamos a nuestros hijos, a nuestros nietos, los relatos que hacemos en nuestros trabajos o simplemente aquellos que recordamos en nuestra memoria,  no tendrían ningún valor absoluto. Caemos muchas veces en la tentación de siempre considerar la inmediatez en la gratificación de nuestros hechos, sin darle foco a su desarrollo. Todo aquel que considere que lo que uno cosecha en la vida no trae consecuencias, está muy equivocado. Las consecuencias muchas veces no aparecen con forma de castigo o de falta. “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Juan 8:31-32


¿Qué sucedería si mantenemos los mismos pensamientos a lo largo de nuestra existencia? ¿Si realizamos las mismas acciones a diario sin cuestionar los efectos que ellas conllevan?

Cuestionar nuestras actitudes primero, ante Dios. ¿Se condicen con el plan divino que él tiene para todos nosotros?  “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque el Señor tu DIOS estará contigo en dondequiera que vayas.” Josué 1:9


Nos reconocemos por momentos sin esperanza, en un mundo moderno hiperconectado, cada vez más complejo. Algo muy común que sucede también en diversas partes del globo es la escases de pasión en las nuevas generaciones. Se jactan de poseer toda la experiencia, dándose el lujo de criticar a nuestras valiosas generaciones de la tercera edad. Esto se debe a que lo único que se valora hoy día muchas veces queda circunscripto a la acumulación de posesiones de bien o simplemente poder alcanzar fama y reconocimiento social. Nos olvidamos de todos aquellos hombres y mujeres que forjaron sus caminos durante generaciones pasadas, sacrificándose a diario para poder salir a flote.


Para dejar un legado, moral y espiritual. Debemos reconocer nuestros errores como nuevas generaciones. Debemos reconocernos pecadores ante nuestros actos hacia ellos, nuestros ancianos maestros, que muchas veces conducimos al olvido en centros hospitalarios. Que otras tantas, les maltratamos por no tener la paciencia suficiente (que ellos tuvieron para con nosotros en el pasado).  Ese resulta el primer paso para retomar la dicha y gracias de Jesús.


Estamos en condiciones de entender entonces que debemos agradecerle a diario a nuestro Padre por medio de la oración, por darnos el pan de cada día, por tener la posibilidad de salir a diario a estudiar, a trabajar y a realizarnos como hermanos en la divinidad. Esta oportunidad nos llegó gracias a nuestros ancestros que nos dedicaron tantas horas en nuestra crianza, dándonos consejos, ayudándonos a superar obstáculos y darnos a entender que el único camino posible, es el que nos lleva a Dios. “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar,“ HEBREOS 12:1-3