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Mira Hacia Adelante con Esperanza y Amor Solidario

Dentro de ti ya existen las herramientas necesarias. Es momento de dejar atrás el dolor, el temor y la sensación de no saber a quién recurrir. En el siguiente artículo descubrirás cómo seguir adelante y recuperar el rumbo.

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“Nadie ha visto jamás a Dios; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se manifiesta plenamente entre nosotros.” 1 Juan 4:12

En algún momento, muchos hemos experimentado cierta distancia en nuestra relación con Cristo. Esa misma desconexión también puede observarse en personas cercanas, como familiares o amigos.

Esto suele ocurrir debido a la gran cantidad de estímulos y distracciones que nos rodean en la vida moderna. Vivimos expuestos a mensajes constantes que reclaman nuestra atención y nos alejan de lo esencial.

Los medios y la cultura actual nos presentan una idea de “éxito” basada en lo material, generando una sensación permanente de insatisfacción. Nuestra mente se mantiene ocupada mientras dejamos de lado aquello que nutre el espíritu y nos permite crecer en Cristo.

Por eso, resulta fundamental reconocernos una y otra vez bajo la guía del Altísimo. Él no permitirá que caigamos en la oscuridad total y será quien ilumine nuestro camino hacia la Salvación.

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“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual siguió su propio camino; pero el Señor cargó sobre Él la culpa de todos nosotros.” Isaías 53:6

El ritmo acelerado del mundo actual hace que, muchas veces, nos sintamos superados por la cantidad de responsabilidades diarias. Adoptamos la falsa idea de que no tenemos tiempo para nada y terminamos agotados, tanto física como emocionalmente.

En esos momentos, un vacío comienza a instalarse en nuestro interior, generando angustia, tristeza y desorientación.

¿Qué es lo que realmente nos ocurre? Nos hemos alejado del camino que el Señor trazó para nosotros. Hemos perdido algo esencial para enfrentar los desafíos de la vida: la Paz del Espíritu.

Y cuando esa paz se desvanece, olvidamos quiénes somos y cuál es nuestro propósito, porque quedamos desconectados de la gracia del Creador.

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“David le dijo: No temas, porque ciertamente te mostraré bondad por amor a tu padre Jonatán; te devolveré todas las tierras de Saúl, tu abuelo, y siempre comerás a mi mesa.” 2 Samuel 9:7

Puede suceder que, al tomar conciencia de nuestros errores y de lo lejos que nos hemos apartado del Señor, sintamos que ya no somos dignos de Su presencia.

La confusión puede llevarnos a creer erróneamente que no merecemos Su amor perfecto. En esos momentos es cuando debemos apartar el miedo, acercarnos con humildad y arrepentimiento a los brazos de nuestro Padre Celestial.

Entonces comprendemos que la misericordia del Señor no tiene límites. Su bondad y comprensión hacia nosotros son profundas e incondicionales. Cristo nos conduce con amor de regreso al camino que Dios diseñó especialmente para cada uno.

Al reencontrar ese sendero, entendemos que nunca estuvimos realmente fuera de él; fue el olvido de la unión eterna con el Altísimo lo que nos hizo perdernos entre la confusión, el temor y la culpa.


“He visto sus caminos, pero lo sanaré; lo guiaré y le daré consuelo, a él y a los que lloran con él.” Isaías 57:18

Desde un arrepentimiento sincero y profundo, comenzamos a reconocernos por lo que verdaderamente somos: hijos amados de Dios.

No tengamos miedo de volver a Él. No importa cuán lejos creamos haber estado ni las decisiones equivocadas que hayamos tomado. Cuando rechazamos aquello que nos dañó, comprendemos que el Eterno siempre estuvo esperándonos. Estos cambios, aunque difíciles, nos permiten aceptar Su Palabra desde lo más profundo del corazón.

Es esencial experimentar una transformación verdadera y duradera que sea agradable al Señor.

Ese cambio nos llenará de alegría, paz, equilibrio y sentido. Busquemos el apoyo de nuestros hermanos, pues ellos son instrumentos de Dios obrando en nuestras vidas.

No persigamos soluciones vacías ni caminos superficiales alejados del amor de Cristo. Acerquémonos a la Palabra de Dios para comprenderla, vivirla y obedecerla. Sanemos nuestros vínculos y heridas para que nuestras vidas reflejen la gloria del Eterno.

Restablezcamos nuestro diálogo con el Señor, para que nuestras palabras estén llenas de Su presencia. En Él, todo es posible.




Versículo diario:


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