El reflejo del ser

“Eres igual a tu abuelo” “Tienes los ojos de tu madre” “Tu padre solía decir esa misma frase”. Muchas veces al compararnos y buscar espacios comunes con nuestros padres, madres, tíos, tías, abuelos, abuelas, en fin, todo nuestro linaje de antepasados, buscamos elementos de caracterización distintivos de la familia. Desde algunos comportamientos, así como rasgos físicos (genéticos). Otras simplemente una fraseo o una identificación como la famosa “mancha de nacimiento” de la familia. Convencidos de que ese tipo de atributos  son los que muchas veces nos unen y garantizan un sentido de pertenencia, no nos percatamos en realidad que lo que se vincula entre todas las generaciones pasadas, así como también con las futuras, es lo que se pueda aprender y conservar desde el corazón. “Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús”. Filipenses 1:6

Nuestros corazones son los lugares en donde se atesoran las experiencias propias y transferidas por nuestra crianza. La Fe de nuestros familiares inunda sus consejos, así como también, todas las decisiones tomadas por ellos. Sus antepasados siempre buscaron lo mejor para seguir adelante, en una vida muchas veces repleta de obstáculos y situaciones difíciles. Guiados por parte de nuestro Padre Celestial, todos ellos repiten patrones de comportamiento y conductas que a su vez, fueron replicados por generaciones anteriores. Toda nuestra educación, el contexto social, cultural y de vida, se encuentra teñido y protegido por el manto del Señor. Todo se acarrea y se transporta como el polen que permite renacer una nueva flor. Al crecer y desarrollarse, nuestros corazones estarán sembrados por la Fe. Preparados para continuar el legado que nuestro Señor designó con su misión divina. “Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros, y os designé para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os {lo} conceda” Juan 15:16

A la hora de acudir a un recuerdo o simplemente emocionarnos con una situación, es el corazón quién manda y guía lo que nos acontece. Obviamente debemos entender también que las malas experiencias que uno conservó a lo largo de la vida, van a parar a este mismo lugar. Por esto mismo es que debemos liberarnos muchas veces de esas maléficas y negativas sensaciones alojadas. Soltarlas para dar lugar a nuevas emociones. Historias nuevas, que nos permitan crecer como personas. Esa es el único modo en que podremos obtener un equilibrio en nuestro interior. Apoyándonos en la Fe. Escuchando lo que Dios tiene para decirnos.

Justamente nuestro Padre es el que realmente quiere que cambiemos cuando las presiones y ocupaciones en la vida nos atormentan. Cuando nos aferramos y anclamos en esas sensaciones que no nos dejan seguir. Tomar esa perspectiva nos permitirá recibir a Jesús con el corazón puro y listo para vivir con Él dentro de nuestro ser. Mutar de modo verdadero requiere compromiso diario con la Palabra de Dios. “Estén, pues, vuestros corazones enteramente dedicados al SEÑOR nuestro Dios, para que andemos en sus estatutos y guardemos sus mandamientos, como en este día” 1 Reyes 8:61