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La Esperanza de la Vida Eterna

Existen diversas preguntas y cuestionamientos con una sola respuesta. Descúbrela en el siguiente artículo.

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"Hubiera yo desmayado, si no creyera que he de ver la bondad de Dios en la tierra de los vivientes. ¡Espera en Dios ! ¡Esfuérzate y aliéntese tu corazón! ¡Sí, espera en Dios!" Salmo 27:13-14

En algún momento, todos nos preguntamos, ¿Qué sucederá cuando llegue al Cielo? ¿Cómo será esa experiencia celestial? ¿Cómo podemos traer un pedazo del cielo a la tierra? ¿Podremos ingresar al Reino final? ¿Será ese nuestro destino definitivo?

Podemos plantearnos innumerables preguntas y posibles respuestas, pero en última instancia, debemos ser reflejo de Dios en nuestra vida diaria. Nuestro Padre debe habitar en nuestra mente, alma y corazón.

Sus enseñanzas nos han guiado durante siglos hacia la divinidad, y sus palabras y bendiciones nos mantienen en el camino correcto hacia nuestro destino eterno, lleno de luz y unido a la fe.

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"Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? «Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras.»" Jeremías 17:9-10

No debemos dudar de las profecías y promesas reveladas en las Sagradas Escrituras. Apartar estas enseñanzas de nuestra mente y vocabulario sería como ser extranjeros en la casa del Señor, desconectados de Su esencia y amor.

Aquellos que esperan en la voluntad de Jesucristo y cosechan sus enseñanzas tendrán un lugar asegurado en Su Reino celestial, llegando llenos de esperanza y satisfacción por haber cumplido Su voluntad. Nuestro Padre es bondadoso y siempre buscará reunirse con nosotros. Su voluntad se cumple, tanto en la Tierra como en el Cielo.

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"Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra." Mateo 6:10

El Señor desea que experimentemos la alegría de estar rodeados de seres queridos que iluminaron nuestros corazones en vida y con quienes anhelamos reencontrarnos en las puertas del Cielo.

Este anhelo no es una ilusión, sino una promesa de salvación y paz, necesaria para reconciliarnos con nuestro Padre celestial y con nosotros mismos. Jesús vino a reparar nuestros corazones desesperados y vacíos de esperanza con Su bendición.


"Que el Dios que infunde aliento y perseverancia les conceda vivir juntos en armonía, conforme al ejemplo de Cristo Jesús." Romanos 15:5

Como hijos de Dios, estamos llamados a vivir en armonía, unidos por la fe y el amor de Cristo. En el Reino de Dios, no somos extranjeros, sino miembros de una gran familia celestial. Heredamos Sus bendiciones y, como buenos creyentes, somos parte de un todo.

Esta familia nos brinda seguridad en esta vida y en la eternidad, permitiéndonos progresar y seguir la buena voluntad de nuestro Padre. Nos sentimos como en casa, hablando el idioma de la fe, compartiendo la cultura del amor y las costumbres de la esperanza, guiados siempre por la luz de Jesús.




Versículo diario:


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